No son héroes

No son héroes. El heroísmo es otra cosa y pertenece a otro sitio. Por un segundo, dejemos de pensar al deporte como un tubo de ensayo del mundo que nos rodea. Evitemos trasladar a una cancha nuestras frustraciones de otros ámbitos, el deporte no es para perderse ni para esconderse. Tampoco hagamos de esto un melodrama romántico. Los héroes, las tumbas y los traidores son propios a mundos mucho más drásticos que este.

Esta vez, no hubo milagros, pero esto no es fútbol; en esto no hay que esperar cuatro años; en doce meses nos jugamos la vida otra vez, porque no sé ustedes, pero yo me muero de ganas de estar en otro Juego Olímpico más.
Hasta acá nos alcanzó en este Mundial, y si tiene sabor a poco, es culpa de ellos. Ellos nos acostumbraron a otra cosa. Lo que estos tipos lograron en quince años está muy cerca de ser un milagro. Durante quince años, para el básquetbol internacional, Argentina fue un fenómeno inexplicable. Y es por eso que ellos los aplauden con nosotros.
Acá no tenemos la talla de los europeos del este, ni las bondades de la genética de los muchachos del norte. Acá no sentimos el básquetbol como lo sienten en el Báltico, ni lo enseñamos como lo enseñan en los Balcanes. Acá no hay aros en todas las plazas, ni se detiene el país cuando juega la selección. Acá no viene nadie con prestigio, prefieren la liga polaca antes que la nuestra. Ni siquiera somos Filipinas, que aún devastados por un Tsunami improvisaron un aro entre las ruinas de una ciudad. Acá somos lentos, somos petisos y somos pocos.
Fueron ellos los que nos impusieron en un sitio con el que no soñábamos pertenecer. Fueron ellos los que nos hicieron irrumpir en terrenos que desconocíamos. Argentina campeón olímpico, Argentina número uno del ranking FIBA. Argentina en la misma línea que Estados Unidos, la Unión Soviética y la mítica Yugoslavia. Ellos son referentes que aprovecharon una oportunidad única para hacer historia y ponernos en el mapa. Hicieron que nos miraran con otros ojos, nos pusieron en la historia del deporte. Ellos ya son leyenda, hace mucho tiempo.
Hay que aplaudirlos y hay que honrarlos. Porque el aplauso no basta, lo mejor que podemos hacer por ellos es mantener nuestro básquetbol en el sitio donde ellos lo dejaron. Demostrarle al mundo que pertenecemos. Que la escuela Argentina existe y que no fue una coincidencia generacional. Eso es responsabilidad de todos, no le carguen todo el peso en los hombros a Delía y Bortolín. No esperemos hasta que se alineen los planetas y salgan doce como estos.
No le recemos a Garino ni soñemos con Vildoza. No escarbemos en las generaciones de pibes hasta encontrar un nombre exótico que nos ilusione. La responsabilidad es conjunta. Jugando, desarrollando, difundiendo y alentando. Que no se vacíen las canchas, que no se deje de construir, que nadie se deje de capacitar ni de escribir.
Estos muchachos no necesitan estatuas de bronce en las plazas, están hechos de otra materia prima, se alimentan de manera diferente al resto. Lo mejor que podemos hacer por su legado, es trabajar para mantenernos donde nos dejaron. Ellos no son héroes, son modelos a imitar. Manos a la obra.