«Miguel Angel Ripullone fue lo mejor que tuvimos en la ciudad de La Plata y uno de los íconos de los directores de básquetbol de la República Argentina»

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Se cumple hoy un nuevo aniversario del fallecimiento de Miguel Angel «Bala» Ripullone, acaso el mejor entrenador que dio la ciudad de La Plata. Para recordarlo, Alberto José «Pilín» Galliadi, nos contó una semblanza sobre su vida a partir de la amistad que los unió a través del básquet y la vida.

Miguel Angel Ripullone fue uno de los entrenadores nacionales más destacados de la historia. Fue parte del equipo de Gimnasia que dominara en la década del 60 y 70, triunfó en tres provinciales con La Plata (1962, 1963 y 1972), fue uno de los responsables del dominio nacional de la Federación de Provincia de Buenos Aires en los Campeonatos Argentinos, y fue entrenador del seleccionado nacional. Con la celeste y blanca dirigió dos Mundiales (1967 y 1974), ganó el Sudamericano de 1979, disputado en Bahía Blanca, fue medalla de plata en el de Colombia de 1973 y consiguió la clasificación a los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980, al terminar tercero en el Preolímpico de Puerto Rico. Lamentablemente, Argentina no concurrió a los Juegos por el boicot a Rusia.

Tal vez hablar de Miguel Angel Ripullone para mi me resulte una de las cosas más fáciles, pero quizás más sentidas, porque a lo largo de los años entablamos no solo una amistad basquetbolística, sino una amistad personal, que fue corriendo desde que empezamos a hacer relación en Asociación Sarmiento, y donde él era un trabajador de una entidad muy humilde, donde hacíamos rifas para poder comprar una pelota o un juego de camisetas. Un trabajador incansable que tuvo una virtud muy grande a través del tiempo: nunca se fijó en preguntar, en tratar de aprender con los ya afiatados entrenadores, hablar con todo el mundo, cambiar opiniones. Yo puedo hablar de él de una carrera que fue prácticamente hecha a pulmón, porque de la vieja Asociación Sarmiento, donde trabajaba incansablemente y empezó a hacerse notar por los resultados de sus equipos, pasó a Gimnasia y le tocó vivir una época de gloria. La incuestionable historia del básquet de Gimnasia, donde él, junto a Carlos Bejarano, con el doctor Máximo Abel Koch y el indio Cerisola, empezaron a mirar a Capital Federal, y sería la apertura de lo que fue la histórica campaña de Gimnasia y Esgrima La Plata. Lógicamente ya en el candelero, un amigo mío diría en el candelabro, estuvo mirado ya por el nivel de la Confederación.

Incursionó en las selecciones nacionales y tuvo importantes resultados. Lo viví de cerca en 1980, en el Preolímpico de Puerto Rico, después de 18 años Argentina conseguía la clasificación para los Juegos Olímpicos de Moscú, Juegos que fueron frustrados después por problemas políticos y que no pudo, a pesar de que yo me había hecho ya un traje rojo para ir a recabar la información periodística, y quedó frustrado. Pero Bala siguió trabajando, yo diría que fue un tipo que luchó y le importó muy poco la vida suya. El básquet y su querer vivir fue una cosa totalmente diferente.

El doctor Favaloro hizo el segundo bypass de coronarias en el Güemes. Cuando salió, lo fui a buscar para traerlo a La Plata y Favaloro le dijo: «Ripullone si usted sigue lo que yo le digo, camina por día, no toma más una gota de alcohol, no camina todos los días, deja el básquet y el cigarrillo, usted puede morir de cualquier cosa, menos del corazón, de lo contrario en ocho años la coronaria se tapa, en este momento no es operable y su vida está clavada en los ocho años». Pasó el tiempo y él vivió lo que quería vivir, por que él le dijo: «Voy a vivir ocho años como yo quiero vivir». Se jugó su vida, primero estaban sus sensaciones, el básquet y todo lo que él sentía como que era prioridad para esa vida de tipo pujante que había sido en toda su existencia.

Siguió su camino Bala y tuvo los triunfos importantes, con la selección Argentina, con Provincia ni hablar, se comió el afecto y el acercamiento con Bahía Blanca, que en ese momento era la Capital del Básquet, pero una Capital prácticamente impenetrable, pero se comió el afecto de la gente, de los jugadores, y los más grandes jugadores que pasaron en mi época, como Fruet, Cabrera y De Lizaso, le tenían un respeto tremendo porque se sabía que donde él ponía la mirada o donde apuntaba, allí se conseguían resultados. Él conoció en el año 62 a Finito Gherrmann cuando era tan solo el plumero de las Cataratas que lo llamaban, y dijo: «A ese lo quiero para Gimnasia».

Hay muchas anécdotas, podría contar muchas anécdotas con él, es padrino de mi hijo, hasta eso me unió más a él. Se auto llamaba Don Corleone, podría hablar diez días seguidos de cosas vividas con Bala Ripullone, pero voy a lo último, que a lo mejor es lo más triste. Era primero de mayo, salíamos del casino en Neuquén, veníamos caminando y hacía mucho frío, él se ponía una pastilla de isordil de la lengua, y en ese trayecto que hicimos caminando, vi que se puso dos o tres veces pastillas. Por ahí le digo «Bala qué te pasa», y me dijo «Tengo mucho frío». Cuando caminamos dos pasos más me dice: «Ya se cumplieron los ocho años que dijo Favaloro». Eso me simbroneó, pero no obstante llegamos al hotel, no quiso comer, no quiso tomar un café, y se fue a acostar. Después vino la historia. A la mañana siguiente lo esperé para desayunar y no vino, lo esperé para almorzar y no vino. Cuando en Independiente de Neuquén llegaba la delegación de Provincia de Buenos Aires, que esa noche jugaba la final, le pregunté a Brusa y al Indio Cerisola, que era el dirigente a cargo, si lo habían visto a Bala en el entrenamiento y me dijeron que no. Me fui corriendo al hotel, pregunté por la llave de él, vino el gerente, abrió la pieza y allí lo encontré sin vida. Realmente fue muy doloroso para mi, que con quien había vivido muchos y gratos momentos de mi vida, ser yo quien lo encontrara sin vida.

Así se nos fue, en esa noche fría, o a lo mejor en la madrugada del dos. El último café que compartimos fue el primero a la noche y se fue. Y con él se fueron un montón de recuerdos, un montón de vivencias y un montón de cariño que he podido guardar dentro mío a través de casi cuarenta años de su desaparición física. Por eso, Miguel Angel Ripullone fue lo mejor que tuvimos en la ciudad de La Plata y uno de los íconos de los directores de básquetbol de la República Argentina, por eso y para él el mayor de los recuerdos.

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