La década bañada en oro

A cerca de 15 años del oro olímpico, y con los dorados Ginóbili y Oberto siendo reconocidos por sus trayectorias, recordamos la gesta a través de este relato.

|Por Fernando Brovelli/@ferbrovelli

La pelota ya estaba en el aire y el colorado nos daba la posesión. Teníamos la naranja en la mano, junto con los rosarios, las cutículas y las promesas a cumplir si nos colgábamos la de oro. Y pensar que a estos pibes los vi llorar en un vestuario de Australia, cuando todos tenían menos de 22, por no haber podido subir al podio. Ahora estos mismos, los bahienses, los cordobeses, los santafesinos, los porteños y los chaqueños; estos querían hacerme llorar cuando el himno se cante a gritos por sobre los morochos que querían tomar el primer pasaje a las playas de Miami.

Empezamos bárbaro. Con ese tablerazo en el último segundo que rompió los relojes por horas y horas, hasta que nuestro corazón volvió a latir para gritar de pasión. Justo contra esos que nos habían amargado, que no dejaron que la montaña humana pueda ser dos años antes, que obligaron a la vuelta olímpica con ritmo de cuarteto del entrenador se haya tenido que postergar. Esos mismos, ya sin árbitros ni dioses sentados detrás de las jirafas, ahora veían como un flaco narigón con un anillo en el dedo les decía que Argentina no era joda. Que lo de Indianápolis no fue casualidad.

Cuando parecía que nadie nos iba a arrancar los abrazos, se vinieron los tanos. Comenzaron a meterla y volvimos a estar en la tierra. Igual que en el Premundial de Neuquén, cuando por primera vez se juntaban estos locos, ya de adultos allá por el 2001. Brasil nos dio vuelta un partido increíble, encima en nuestra casa. Eran inconscientes los brasileros en ese momento. No sabían, ni siquiera se imaginaban, que esos mismos tipos comenzarían una historia de paternidad perpetua que los silenció en su estadio, en su evento, y en doble suplementario.

Era de madrugada en Argentina, de mañana en Grecia, y nos despabilamos cuando recordamos que los italianos tenían tiro de tres y que nos habían amargado en primera ronda. Temimos, pensábamos que se nos iba de las manos, que nadie podría sacar pecho. Pero esta generación ya brillaba dorado antes de tener los laureles en la cabeza. El grupo completo se hizo cargo de la situación, la llevo a un final mágico, con todos luciéndose.

Ese banco de suplentes no sólo saltaba y ponía en el vestuario, apareció una y otra vez más. Las bombas del Puma, el talento del cabeza. Con Leo y Gaby como silenciosos obreros. Con Huguito, el capitán que volvió del retiro para conocer la verdadera gloria. Con Fabri, mirando desde afuera con la mano vendada, ya que dejo la muñeca y más de un corazón ante el equipo de los sueños rotos.

Estos doce tipos nos llenaban de nudos la garganta. Porque se habían impuesto a todo y a todos. Ante la mejor generación griega en su casa, con el gringo que desde el banco mostró que la vida personal te da revancha en un parquet, una y otra vez. Ante los que usaban auriculares en la entrada en calor, y se llevaron posters del Chapu a la salida de la cancha, escuchando a la hinchada argentina enloquecida.

Allí estaban, mostrando que además de carácter había un talento que se transpiraba sobre el final, cuando ya no se nos escapaba más. Con Pepe y Manu en la cancha, como en el parquet de Bahiense, cuando la volcaban en los aros de minibásquet soñando con hacer lo mismo a este nivel. Con el inmenso Luifa, que ya se ponía el traje de insignia de este equipo, y gritaba al cielo luego de tocar el aro con las rodillas.

Estos doce, hace quince años, grabaron la celeste y blanca en el lugar que todos quieren ocupar. Y luego, una década después, malacostumbraron a cada argentino a no ver un seleccionado nacional por debajo del quinto puesto. Eterna sea, generación dorada, y coronados de gloria vivan.