A un año del momento en que transformaron la ilusión en realidad

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Es difícil. Muy difícil. Aún hoy, 365 días más tarde de aquel suceso, uno sigue atando todo lo que consiga el básquet a nivel Selección a la maravillosa “Generación Dorada”. Y pese a la cuota de justicia necesaria, sobre todo por la presencia de Luis Scola y por el legado de todo ese plantel que fueron más que 12 jugadores y un cuerpo técnico, por momentos se es injusto con esta nueva generación que busca nombre, pero a la cual le sobra identidad.

|Por Fernando Alegre/@fjalegre | Foto: FIBA

De alguna manera y contra muchos pronósticos (incluido el de quien escribe), Argentina jugó un Mundial de China sorprendente y logró meterse en los Juegos Olímpicos de Tokio (objetivo con el que partió hacia Asia), mucho antes de lo pensado y como el número 1 de América por encima, incluso, del poder y la arrogancia de Estados Unidos y sus NBA. Todavía está firme en la memoria el pasillo de la vergüenza por el que desfilaron en Dongguan cabizbajos Jason Taytum, Kemba Walker, Marcus Smart y Jaylen Brown, entre otros, quienes se encuentran a horas nada más de comenzar a disputar la final de la Conferencia del Este en la NBA. También el mítico Gregg Popovich fue parte de la peregrinación hacia el olvido, con su mirada cargada de furia y resignación por volver a sentir lo que una vez le generaron unos pibes vestidos de celeste y blanco en Indianápolis 2002 y luego en Atenas 2004. Pese a esto, ahora no era Argentina el verdugo de la historia, era Francia. Y Francia sería el escollo entre una Selección Nacional que venía del gran golpe ante Serbia, y el último partido de la competencia, en Beijing, a más de 2.000 kilómetros de Dongguan. Con la presunción ya hecha certeza, el traslado hacía la capital del gigante asiático contó con los problemas que suponen el idioma y la obligatoriedad de pasar del subte al tren y del tren nuevamente al subte. Sin embargo, casi 20 horas después, Beijing se presentó con su omnipotencia y la gran esperanza de volver a ver el maravilloso básquet que desplegó el equipo de Sergio Hernández días atrás ante los gigantes balcánicos. Tras la ajustada victoria de España frente a Australia en la primera semifinal, Argentina debía demostrar que aquello ante Serbia no había sido un gran partido, sino algo lógico dentro de un proceso comenzado mucho tiempo atrás. “Estamos empezando a escribir nuestra propia historia”, fueron las palabras de Facundo Campazzo tras aquel sufrido 97-87 en Cuartos ante Jokic y los suyos. Y así fue. De la mano del espectacular base cordobés, el máximo exponente de esta nueva generación y el mejor armador del certamen (pese a no haber sido elegido dentro del “Equipo ideal” del torneo), la Selección sacó chapa enseguida y nunca perdió el control de un partido que lo tuvo como claro dominador desde el salto inicial. Además, y por si algo le faltaba a su historia personal con la celeste y blanca, Luis Scola, a sus 39 años, alcanzó aquel día su máxima de puntos en el torneo, con 28, y una impresionante seguidilla sobre el cierre que terminó por confirmar algo que se sentía incluso en la previa: Argentina jugaría la final del Mundial tras 17 años. Como todo gran equipo, la Selección de Básquet logró durante todo el torneo la combinación perfecta de muchos factores que impresionaron y llamaron la atención del país entero. Máxima entrega, total solidaridad y absoluto liderazgo de nombres claves fueron las banderas que acabaron con el sueño de Francia por un claro 80-66, en el que Campazzo, Vildoza y Deck sumaron todos más de 10 unidades para acompañar al inoxidable capitán, que estará en Tokio el año entrante. El destino, caprichoso él, repetiría el mismo resultado que en Indianápolis 2002, con Argentina observando a otro levantar el trofeo que merecía. Sin embargo, lo que se consiguió esta nueva generación en China 2019 va más allá de la presea en sí. Quizás, y tras una demostración que maravilló al mundo entero, sea momento de comenzar a verlos con otros ojos, entendiendo que, mucho antes de lo esperado por todos, lograron transformar la ilusión en realidad.

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